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La prisa no es buena consejera en la reforma fiscal

La prisa no es buena consejera en la reforma fiscal

¿Se ha analizado el impacto conjunto de todas esas medidas sobre un contribuyente de clase media? ¿Se ha hecho lo propio sobre una empresa a la que se le aumentan la mayoría de los impuestos y a la vez se le eliminan los incentivos, algunos que, por cierto, están bien diseñados?

Por MAGÍN J. DÍAZ 

Aumentar las recaudaciones del Gobierno se ha llamado de distintas maneras a lo largo de los años: reforma tributaria, parche tributario, reforma holística, pacto fiscal, fortalecimiento de la capacidad recaudatoria del Estado, reforma integral. Son solo algunos de los nombres utilizados.

En las últimas semanas se ha armado un gran revuelo en la población por la filtración de un documento que se atribuye al Gobierno sobre medidas para aumentar las recaudaciones. Y el hecho de que el Gobierno tenga documentos internos de trabajo con escenarios de medidas tributarias, es algo común que no debería despertar alarma.

Tal vez es que las redes sociales magnifican cualquier tema o quizás existe una hipersensibilidad ante la creación de impuestos, la modificación de tasas u otros cambios tributarios en un escenario económico difícil como el que se ha vivido en el contexto de una crisis sanitaria sin precedentes.

Pero creo que la gente se asombra más debido a la gran crisis de lectura que nos embarga como sociedad. Esto así porque parece que nadie leyó la carta de remisión del Presupuesto 2022, en la que dice textualmente que “…la propuesta de reorganización fiscal que será presentada por el Gobierno durante el mes de octubre para el conocimiento y discusión con la sociedad y su posterior presentación al Congreso.”

Está bien claro lo que ahí se dice: en el mes de octubre se tendrá lista una propuesta, que en esta ocasión se llama Reorganización Fiscal, y que se quiere presentar al Congreso en este mismo mes. Se puede acusar al Gobierno de cualquier cosa, pero no de falta de transparencia.

Lo que puede llamar la atención, más allá de los méritos o deficiencias que tengan el conjunto de medidas contenidas en el documento que ha circulado, es que muchas de éstas no se corresponden con el discurso del Gobierno a lo largo de este año o bien con documentos oficiales.

No solo se ha hablado de bajar tasas, sino que, en la Estrategia Nacional de Competitividad recientemente publicada, se recurre al concepto de “asfixia fiscal, producto de las altas y desproporcionadas tasas de impuestos que no se corresponden con la realidad económica del país…”. Creo que ahí radica más la confusión de la población.

O tal vez es que a diferencia de El Ladrillo que el General Pinochet hizo propio como su estrategia (aunque originalmente fue preparada para otro candidato), el Gobierno no ha asimilado en su totalidad el proyecto Gazebo, el cual ha servido de base a la elaboración de la estrategia de competitividad y el cual fue preparado sin tener en mente a un candidato o partido político en particular.

Otra explicación puede ser la gran presión de gastos que tiene el Gobierno. Eso es lo que puede haber llevado al Director de Presupuesto a decir en estos días que “en el país nadie paga impuestos”, de acuerdo a reseñas recogidas en la prensa. Una afirmación que no se compadece con la visión del Presidente Abinader y que disgustó a todos aquellos sectores y contribuyentes cuya carga tributaria duplica o triplica a la del promedio de la economía.

Lo que ha sido un error es hablar de una reforma integral similar a la de 1992, sin tomar en cuenta que esa ha sido la más estudiada, socializada y mejor asesorada de la historia. Algunos de los análisis y documentos de trabajo de esa reforma son lecturas obligadas al día de hoy, treinta años después.

¿Se ha analizado el impacto conjunto de todas las medidas propuestas sobre un contribuyente de clase media? ¿Se ha hecho lo propio sobre una empresa a la que se le aumentan la mayoría de los impuestos y a la vez se le eliminan los incentivos, algunos que, por cierto, están bien diseñados? Ese es el tipo de análisis que se le deben presentar a un Presidente y a sus colaboradores políticos para que él pueda ponderar todas las variables que están fuera del espectro de un equipo técnico.

No hay que apresurar una reforma que tal vez luego no recaude lo esperado. Mejor tomarse un tiempo más para definir lo que se quiere, explicarlo y negociarlo con los distintos sectores y al final, obvio, sentarse con los partidos políticos representados en el Congreso, de quienes en última instancia depende su aprobación. El Gobierno saldrá fortalecido y el país quizás lo agradezca, aunque los temas tributarios no arrancan aplausos. Como bien dijo uno de los padres de la tributación, el economista inglés David Ricardo: “La tributación en cualquiera de sus formas, es simplemente una elección entre males”

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