Por: Angely Moreno
Roberto Álvarez ha optado por una diplomacia a lo gallina: poniendo un huevo tras otro.
Yo no sé qué amarre fue que hizo el canciller Roberto Álvarez para permanecer al frente de la Cancillería tomando decisiones que a todas luces parecen no tener un ápice de tacto político. Y ojo, que no estoy hablando de toda su gestión, que ya acumula seis años, sino solo de los últimos meses. Porque si ampliamos la mirada, la lista sería mucho más larga.
En este corto período, la política exterior dominicana ha encadenado decisiones difíciles de justificar desde el interés nacional. No se trata de errores aislados, sino de una línea de acción que parece privilegiar la complacencia frente a potencias extranjeras por encima de la soberanía y la coherencia diplomática.
Uno de los episodios más evidentes fue el manejo de la Cumbre de las Américas 2025. Desde el inicio, República Dominicana impulsó vetos contra países que debían estar en la mesa de discusión regional. Pretender hablar de integración excluyendo actores clave era un contrasentido. El resultado fue inmediato: deserciones de varios gobiernos y la cancelación de una cumbre que pudo haber sido un logro diplomático para el país. ¡Un total fracaso!
A esto se suma la decisión de ceder espacio aéreo y facilidades aeroportuarias a Estados Unidos bajo el argumento del combate al narcotráfico. Lo que se presentó como cooperación terminó derivando en acciones altamente cuestionadas: como persecuciones letales contra embarcaciones señaladas como “lanchas narco” y exterminadas al instante sin ningún tipo de acusación, inspección ni pruebas. Un hecho que causó alarmas incluso en algunas instituciones y órganos dentro de la propia administración Trump.
Más grave aún, es el hecho que desde nuestro territorio, aeropuertos y demás (que fue prestado para esa “lucha” contra el narco tráfico) terminará sirviendo como plataforma para intervenir militarmente a Venezuela, secuestrar a su presidente y adminitir ante todo el mundo que la operación se realizó con el objetivo de tomar el petróleo y otros recuerdos de Venezuela, generando con ello un un amplio rechazo de la comunidad internacional.
Y como punto más reciente, el acuerdo mediante el cual República Dominicana aceptará recibir migrantes deportados por Estados Unidos provenientes de terceros países, exceptuando Haití. Una decisión de enorme impacto que el canciller ha minimizado, afirmando que “no es importante”, por lo que no amerita pasar por el Congreso Nacional. Una postura que preocupa, no solo por el fondo del acuerdo, sino por la ligereza institucional con la que se ha abordado.
Sí, existe una dependencia económica con Estados Unidos. Es una realidad estructural que no podemos obviar. Pero una cosa es reconocerla y otra muy distinta es asumir una política exterior basada en la sumisión. La diplomacia no consiste en decir “sí” a todo, sino en saber negociar sin perder de vista los intereses del país.
El problema no es solo lo que se cede hoy, sino el precedente que se establece: la peligrosa idea de que la soberanía es negociable; pues cada acto de entreguismo debilita el Estado y fortalece intereses ajenos. Y en ese desequilibrio, siempre pierde el país.
Más que una estrategia clara, lo que hemos visto es una secuencia de concesiones. Y no hay peor error que disfrazar de estrategia lo que en realidad es sumisión. Porque lo que hoy se cede en silencio, mañana se puede perder para siempre.
Un país que entrega su soberanía por conveniencia termina perdiéndola por costumbre.













